Populismo regionalista cántabro

Cuando arrancó el proceso autonómico, si había una provincia ajena a cualquier interés autonomista, ésa era Cantabria, entonces llamada Santander, desde siempre parte de Castilla.

 

Ni con motivo del debate federalista habido durante la Segunda República los montañeses demostraron interés en una autonomía uniprovincial: la discusión se entabló entre los partidarios del centralismo –como el escritor Vicente de Pereda, hijo del insigne José María, que opinaba que “las autonomías, tarde o temprano, conducen al separatismo”– y los de la creación de una región castellana que incluyera Santander –como el poeta José del Río Sainz y, sobre todo, el Partido de Izquierda Federal de Santander, que elaboró el primer proyecto de Estatuto cántabro-castellano.

 

Llegada la Transición, no fueron pocas ni débiles las voces que se opusieron a la creación de la región uniprovincial. En el informe encargado por el gobierno Calvo Sotelo al equipo del eminente jurista montañés Eduardo García de Enterría se desaconsejaba la autonomía cántabra, igual que la riojana, por motivos poblacionales y económicos. Por otro lado, Claudio Sánchez Albornoz escribió una conferencia que, dada su ausencia por motivos de salud, fue leída en el ateneo santanderino por el catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cantabria, José Ángel García de Cortázar, en la que consideraba la separación de Castilla un disparate histórico a la vez que advertía sobre “la vanidad y la ambición” de los políticos promotores:

 

“No pocos que nunca hubiesen jugado un papel protagónico en la política nacional hispana, transidos de ambiciones de fama y de medro, empujan a España hacia un torpe y extremo federalismo. Porque nunca hubiesen sido nada o hubiesen sido poca cosa en el gobierno o en el parlamento nacionales, quieren ser cabezas de ratón en unidades regionales; e incluso se atreven a fraccionar las creadas por la historia para hacerse la ilusión de una rectoría nunca alcanzada por otro camino (…) Y no faltan caciques o aspirantes a caciques que sacan el pecho fuera ante supuestas diferencias comarcanas”.

 

Los regionalistas presentes en la sala consiguieron reventar la conferencia del anciano expresidente de la República mediante gritos, bombas fétidas y una amenaza de bomba.

 

El frenesí autonomista de la época tendió a identificar descentralización con democratización, razón por la cual todas las fuerzas políticas irían haciendo suyo paulatinamente el programa autonomista que se iba perfilando como la única opción progresista, pues se extendió la idea de que la conservación de la estructura de Castilla la Vieja respondía a intereses oligárquicos y a nostalgia por el régimen franquista.

 

El caso más evidente, junto con el de AP –en cuyo Congreso Provincial de 1980 se reclamó la inclusión de Cantabria en Castilla–, fue el del partido hegemónico en la provincia, la UCD, cuyos afiliados eran mayoritariamente partidarios de la permanencia en Castilla e incluso simpatizantes de ACECA, Asociación de Cantabria en Castilla, presidida por el diputado ucedista Francisco Laínz. Sin embargo, de la dirección nacional llegó la orden, para disgusto mayoritario de la militancia, de apoyar la creación de la autonomía uniprovincial por considerar que si no levantaban ellos también la bandera autonomista, otros partidos capitalizarían el éxito a espaldas del partido centrista. 

 

Pero había más obstáculos en el partido de Suárez. Dada la exigencia del art. 143 de la Constitución de que la iniciativa del proceso autonómico partiese de las dos terceras partes de los municipios cuya población representase la mayoría del censo, la oposición del ayuntamiento de la capital, ciudad que concentra cerca de la mitad de la población provincial, cancelaba todo el proceso antes de nacer. Por este motivo, eminentes ucedistas tuvieron que convencer al reacio alcalde santanderino, Juan Hormaechea, con el argumento de que, creándose la comunidad autónoma, él podría ser algún día su presidente. El argumento funcionó y el alcalde de Santander, efectivamente, no tardaría en llegar al sillón presidencial cántabro. 

 

Pero el gran impulsor y, al mismo tiempo, principal beneficiario de la autonomía cántabra ha sido el Partido Regionalista de Cantabria (PRC), fundado en noviembre de 1978 por Miguel Ángel Revilla a partir de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), asociación cultural también fundada por él en 1976.

 

El PRC, sin definición ideológica concreta, nacía con el fin principal de conseguir la autonomía cántabra mediante la elección de representantes locales que consiguieran la adhesión de sus municipios a la iniciativa autonómica prevista en el citado art. 143. En sus estatutos se establecía un principio de especial trascendencia para su posterior actividad política: “El PRC, consecuente con su concepción política del Estado y de la Democracia, se solidariza con los partidos autonomistas del resto de las regiones y nacionalidades de España, con los que se considera unido en una causa común”. Efectivamente, el PRC mantuvo durante años una alianza con otros partidos regionalistas y nacionalistas, sobre todo el PNV, partido con el que compartió mítines, para el que Revilla pidió el voto y que se encargó de la defensa en el Parlamento de las enmiendas estatutarias planteadas por el PRC, sin representación en las Cortes.

 

La amistad del PRC con el PNV se ha ido enfriando con el paso del tiempo, y hoy Revilla se distingue por su intenso antinacionalismo. En cuanto a su definición ideológica, durante los años de alianza con el PP el PRC se distinguió por su discurso suavemente identitario y conservador dirigido sobre todo al electorado rural. Sin embargo, la actual alianza con el PSOE ha exigido un cambio de mensaje: continuos halagos de Revilla a Zapatero, petición de voto al PSOE en las elecciones generales y definición del PRC como partido de centro-izquierda. 

 

Esta adaptabilidad al ambiente dominante ha posibilitado que el PRC, tercer partido cántabro en número de votos, haya gobernado en coalición durante dos legislaturas con el PP y durante las dos últimas con el PSOE, partido con el cual llegó a un acuerdo en 2003 tras la victoria insuficiente del PP. En aquella ocasión, el PSOE cedió la presidencia a Revilla a pesar de haber conseguido cinco diputados más que el PRC. En las elecciones de 2007, el PRC ha conseguido situarse como segunda fuerza política regional a costa de 20.000 votos captados del partido socio suyo en el gobierno.

 

Buena parte del éxito del PRC mana del éxito personal de Revilla, que ha conseguido fabricarse una imagen de hombre del pueblo que provoca muchas simpatías sobre todo en la Cantabria rural. Acude a todas las romerías a cantar y bailar, no pierde ocasión de apoyar las manifestaciones culturales y deportivas autóctonas y se distingue por su presencia en los partidos del Racing, en las regatas de traineras y en cualquier actividad que le permita hacerse ver entre la gente. También es asiduo del Día Infantil de Cantabria, festejo veraniego con el que el PRC y su asociación cultural hermana ADIC llevan tres décadas utilizando el folclore regional como vía de penetración del ideario regionalista, así como de las Guerras Cántabras, reconstrucción pseudohistórica con la que, conscientemente o no, se está agitando un difuso victimismo siempre oportuno para la captación sentimental sobre todo del electorado más joven e iletrado. Por otro lado, Revilla es conocido en toda España por su participación en programas de humor en los que no pierde ocasión de hacer publicidad de Cantabria, así como por su estudiado plebeyismo, como su afición a ir a La Moncloa en taxi o sus invectivas, legitimado por ser aldeano de nacimiento, contra “los del Paseo de Pereda, de corbata y apellido compuesto”, con las que persigue identificarse a sí mismo con el pueblo y a los dirigentes del PP con la oligarquía.

 

El sincero antinacionalismo de Revilla no encaja, sin embargo, con la actividad de ADIC, laboratorio de ideas dedicado a avanzar las propuestas a las que el PRC acaba dando forma política. Por ejemplo, su revista El Teju comenzó hace años a reivindicar el cántabru, neolengua consistente en hablar mal el castellano, que se está inventando para dotar a la región de un deseable hecho diferencial. Una década después, el Gobierno de Revilla ha patrocinado la publicación de un curioso Mapa de Toponimia Tradicional que recoge como cántabramente pura la modalidad más analfabeta que se ha podido encontrar en cada lugar. Todo esto no impide la paradoja de que los dos gobiernos regionales que con más insistencia reclaman el honor de haber sido la cuna de la lengua castellana sean los de La Rioja y Cantabria, las dos provincias que optaron por abandonar Castilla.

 

Asimismo se distinguió ADIC por su condena del informe de la Real Academia de la Historia sobre la enseñanza de las humanidades o por la reivindicación de la matrícula cántabra para los coches, para evitar la odiada E, plagiando sin rebozo a Batasuna. Y, entre las iniciativas de mayor calado, se encuentra la exigencia de un nuevo Estatuto a imitación del catalán reclamando nuevas competencias y una mayor enjundia nacional para Cantabria.

 

Todo pronóstico es arriesgado, pero el futuro del PRC probablemente consista o en su desaparición junto a su líder, como el Franquismo, o en su desvanecimiento para dejar paso a una nueva modalidad política, esta vez inclinada hacia el separatismo. 

 

Los próximos años dirán si Vicente de Pereda acertó.

El Noticiero de las ideas, nº 38, 2009

 

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