Las tres carcomas de España

Primera carcoma: los separatismos. Por razones varias, hace un siglo surgieron en tierras catalanas y vascas movimientos políticos cuyo objetivo era la separación de una España en grave decadencia. Para fundamentarse ideológicamente, llevan un siglo elaborando una argumentación pseudohistórica basada en mentiras que, lejos de fortalecer las señas de identidad de dichas regiones, ha supuesto el más grave ataque contra ellas de toda su historia. Su resultado es un enorme porcentaje de ciudadanos que no se sienten españoles, que odian al resto de España y que desean la separación. El que ese sentimiento sea el producto de una campaña de lavado masivo de cerebro, intelectualmente insostenible y apoyada en la violencia, no importa. Lo importante es que la nación ya está rota, con cientos de miles de españoles que quieren dejar de serlo. Pero esta primera carcoma no hubiese conseguido nada si no hubiese contado con la impagable ayuda de una segunda. 

 

Segunda carcoma: la izquierda. Mientras que los separatismos se han dedicado a construir, mediante el miedo y la mentira, las disparatadas conciencias nacionales vasca y catalana, la izquierda, con ignorancia sólo comparable a su soberbia, ha realizado el simultáneo trabajo de destrucción de la conciencia nacional española. Desde la Guerra Civil la izquierda española se ha caracterizado, salvo contadas excepciones, por el rechazo a la nación española por considerarla reaccionaria y fascista. Por el contrario, ha dado su apoyo a los nacionalismos vasco y catalán –muchos de cuyos postulados ha acabado haciendo suyos– por considerarlos fuerzas progresistas y compañeras de viaje. Pero estas dos carcomas no hubieran conseguido sus objetivos de haber existido un potente anticarcoma que hubiese afirmado, apuntalado y defendido la realidad nacional española. Pero aquí llega la tercera carcoma. 

 

Tercera carcoma: la derecha. La derecha española al menos sigue considerando deseable la conservación del mercado único español y de cierta arquitectura jurídica común. Más allá no se adentra, pues es pecado. Como ha observado que en nombre de identidades falsificadas y estridentes se ha asesinado a cientos de personas y puesto en grave riesgo la existencia del actual régimen, ha decretado que toda identidad es mala y que hay que acabar con todas ellas, la española incluida (desacralizar las identidades, lo llaman últimamente). Muerto el perro, se acabó la rabia. Por ello, el débil rescoldo de patriotismo que le queda a la derecha ha de ser camuflado con vergonzantes epítetos. Y reduce la defensa de la nación a una erudita discusión de juristas. Además, cuenta con la disolución de las naciones en la UE para anestesiar todo este problema hasta que ya no tenga sentido hablar de naciones. 

 

Si la nación española conserva aún fortaleza y vitalidad, es posible que merezca sobrevivir al ataque devastador de estas tres carcomas que le corroen su añoso y recio tronco. Si no, el inclemente destino la barrerá.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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