Revolución y coño

Hace ya unos cuantos años, Séneca observó que lo que antaño fueron vicios hoy son costumbres. Poco progresista el cordobés, admitámoslo, pero parece que el paso del tiempo se empeña en darle la razón. Pensemos, por ejemplo, en la pederastia, esa consecuencia de la ideología derechista según recientes declaraciones de la parlamentaria izquierdista Isabel Serra.

 

La legalización de dicha conducta, tradicionalmente rechazada en casi todo el mundo, al menos en Occidente, hace ya bastante que forma parte del programa electoral de algunos partidos políticos, por ejemplo en la muy progresista Holanda. No en vano fue en ese país donde aparecieron las primeras reclamaciones de legalización allá por los años cincuenta gracias a la actividad, entre otros, del senador socialista Edward Brongersma, muy interesado personalmente en que sus iniciativas llegaran a buen puerto dada su condición de activo pederasta y predador habitual de niños en el sudeste asiático. 

 

En la década siguiente, sobre todo a partir de los fastos del 68, la izquierda francesa recogería el testigo de la campaña para conseguir la aceptación social de lo que allí suele llamarse pédophilie. Muchas figuras de la izquierda caviar –como Louis Aragon, Jack Lang, René Schérer, Daniel Cohn-Bendit y los omnipresentes Jean-Paul Sarte y Simone de Beauvoir– escribieron artículos, hicieron declaraciones y firmaron manifiestos en esa dirección, sobre todo en los periódicos izquierdistas Le Monde y Libération. Como muestra, este último publicó el 5 de noviembre de 1978 la imagen adjunta con el texto “Enseñemos el amor a nuestros hijos”. Quizá debiera recordar todo esto –y mucho más– esa izquierda que, en cualquier lugar del mundo, ulula de indignación cuando se pilla a un sacerdote con las manos en la masa. Si se trata de cualquier otra profesión no es noticia. 

 

Destacado ejemplo de ello es el mencionado Cohn-Bendit. Pues el revoltoso Dani el Rojo del mayo parisino, hoy respetado europarlamentario, publicó en 1975 un libro, Le Grand Bazar, en el que relató sus experiencias sexuales con niños de uno a seis años. Y en una entrevista televisiva en 1982 declaró:

 

“Cuando una niñita de cinco años empieza a quitarte la ropa ¡es una cosa fantástica! ¡Es fantástico porque se trata de un juego absolutamente erótico-maniaco!”.

 

Pasando de tan tiernos asuntos a otras modalidades, este escribidor recuerda un programa de radio, escuchado hace ya más de una década, en el que se conversaba sobre diversas tendencias sexuales. Un atribulado oyente llamó para preguntar a los sexólogos allí reunidos si su predilección por fornicar con cadáveres, a los que tenía acceso por su trabajo en un tanatorio, podía considerarse tendencia sexual o si, por el contrario, pasaba a la categoría de perversión. Tras sesuda reflexión, algunos expresaron sus dudas, pero la más progresistamente comprensiva de las tertulianas sentenció que se trataba de una opción como otra cualquiera... siempre que mediara el consentimiento previo del fallecido. 

 

Aunque, evidentemente, se trata de asuntos muy distintos, tras la oleada de legalizaciones del matrimonio homosexual acaecida en los primeros años del siglo XXI en Europa y América, no parece arriesgado augurar que, caducado, para bien o para mal, el consenso milenario sobre el matrimonio como unión entre un hombre y una mujer para establecer una familia –figura jurídica en la que el amor no siempre ha sido, ni mucho menos, el elemento esencial–, no tendría por qué haber obstáculo para que en el próximo futuro se legalicen otros modelos de familia. Entre ellos se encuentran la poligamia, legal desde hace muchos siglos en el mundo musulmán, o el incesto.

 

No hace falta señalar que estos asuntos, aparte de muy propicios para el chiste grueso, suelen provocar acaloramientos. Pero antes de escandalizarse merece la pena tomar nota de los hechos. Hechos que, una vez más, confirman la sabia sentencia del estoico cordobés. Porque las juventudes del llamado Partido Liberal sueco acaban de proponer la legalización de la necrofilia y el incesto. El principal argumento de los promotores consiste en que, por inusual y repugnante que puedan parecer dichas conductas a la mayoría, la ley no tendría que entrometerse en asuntos tan privados. Según parece, la propuesta no ha sido bien recibida por los veteranos del partido, a los que han respondido las nuevas generaciones que, cuando ellos propusieron la legalización del matrimonio homosexual, también se encontraron con la oposición de la generación anterior, por lo que no parece arriesgado suponer que, una vez más, lo que hoy provoca incomprensión será tolerado dentro de pocos años. Impecable argumento. 

 

Tangencialmente, quizá sea necesario mencionar que este mismo sector joven de dicho partido propuso hace unos meses modificar la bandera de su país mediante la eliminación de la cruz, “símbolo de opresión” que preferían ver sustituido por “el multiculturalismo y la tolerancia”. ¿Por qué será que estas cuestiones siempre acaban yendo de la mano? Ya en 1968 los padres fundadores parisinos nos regalaron aquel célebre “Plus je fais l'amour, plus j'ai envie de faire la révolution. Plus je fais la révolution, plus j'ai envie de faire l'amour” (“Cuanto más hago el amor, más ganas me entran de hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más ganas me entran de hacer el amor”). Y el réprobo Gómez Dávila nos recordó, con la concisión del genio, que la divisa para el joven izquierdista es “revolución y coño”.

 

Pero, regresando a los asuntos galantes que nos ocupan, se trata, sin duda, de un tema apasionante, de profundas implicaciones antropológicas, jurídicas, morales y sociales, que merecería ser debatido con tranquilidad y sin prejuicios. Aunque este escribidor sospecha que a algunos se les iba a poner un bozal antes de que consiguieran terminar la primera frase.

 

Séneca nos sonríe desde los Campos Elíseos.