La lucha por la verdad

Con todas sus virtudes, la transición democrática tuvo algunos serios defectos, y uno de los peores fue el abandono de la lucha por la verdad histórica frente a una izquierda y unos separatistas resueltos desde el primer momento a inculcar por todos los medios su ideología, especialmente a los jóvenes. En estos años hemos vuelto a la época de los "gárrulos sofistas", a una verdadera orgía de desvirtuaciones y falsificaciones, tanto de la historia más antigua como de la más reciente, sin que recibieran la adecuada respuesta. No se trata, importa señalarlo, de simples errores, pues de éstos nadie está libre, sino de una verdadera estrategia, como cita Laínz de Orwell, para apoderarse del pasado como medio de imponerse en el presente y determinar el futuro. Esta renuncia a defender la verdad histórica sólo podía tener consecuencias nefastas, y bien comprobado lo tenemos.

 

Ante la contraposición de interpretaciones históricas, muchas veces caemos en la impresión desanimada o escéptica de que, finalmente, no hay modo de saber quién tiene razón y de que siempre seguimos la versión del pasado más acorde con nuestros prejuicios o intereses. Algo de cierto hay en ello, pues, ya lo decía Huizinga, en la historia se encuentran argumentos para todos los gustos. Aunque ello ocurre con respecto al pasado, con respecto al presente y con respecto a las prospecciones e ilusiones que nos hagamos del futuro. Por ello, quizá convenga empezar por examinar los intereses en juego para discernir las diferentes versiones.

 

Si observamos la evolución práctica de los nacionalismos vasco y catalán, o del gallego, el andaluz, etcétera, los vemos vinculados siempre a ideologías racistas y aspiraciones totalitarias, vemos que sus estatutos y normas han buscado en todo momento mutilar, cuando no aplastar, las libertades democráticas, hasta el punto de que la situación de ellas en Cataluña es muy precaria, no digamos ya en las Vascongadas, donde ni siquiera puede hablarse en serio de tal cosa, bajo la presión de los asesinatos y el chantaje. Estos nacionalismos, por tanto, buscan cercenar las libertades conseguidas por el conjunto del pueblo español, a las que nunca han aportado ellos nada, excepto perturbaciones. Encontramos aquí, por tanto, un conflicto de intereses de la mayor trascendencia, que orienta desde el presente las interpretaciones del pasado.

 

No digo que el nacionalismo sea por naturaleza contrario a la democracia. En muchos casos lo es, en otros no. En cuanto a nuestros separatismos, de su carácter antidemocrático no puede caber la menor duda a quien preste atención a sus comportamientos prácticos y examine con espíritu crítico sus declaraciones.

 

Esta evidencia parece chocar, sin embargo, con una interpretación del pasado reciente que indicaría lo contrario: en la Guerra Civil, los nacionalistas se habrían alineado con el Gobierno "legítimo", salido de las elecciones y por tanto democrático, frente a una derecha españolista y reaccionaria por naturaleza. Me he referido muchas veces a esta cuestión, y no voy a extenderme ahora sobre ella. Simplemente recordaré, una vez más, otra evidencia: el bando del Frente Popular, que cayó rápidamente bajo la tutela del demócrata Stalin, se componía de demócratas tales como los comunistas, los marxistas del PSOE, a menudo más radicalizados que aquéllos, y los anarquistas, como fuerzas principales. Los republicanos de izquierda o los secesionistas, menos revolucionarios, desde luego, giraban en torno a los anteriores, lo que ya indica mucho.

 

Además, durante la República dichos republicanos habían demostrado su respeto a la ley y a las elecciones propiciando golpes de estado contra un resultado electoral adverso, el de 1933; los nacionalistas catalanes habían asaltado la República al lado de los socialistas en 1934; y del PNV, un partido abierta y furiosamente racista (tuvo que cambiar o disimular ese carácter después de la guerra mundial), tampoco cabe afirmar que fuese democrático. Es asombroso el éxito que ha tenido durante largos años la versión de un bando "republicano" democrático, contra toda prueba; pero ese éxito, pese la pretensión de Goebbels, no transforma la mentira en verdad.

 

Así pues, una de las claves de la interpretación histórica de esos nacionalismos consiste en su carácter e intereses antidemocráticos. Lo cual no significa que sea necesariamente una interpretación falsa… pero empieza siéndolo cuando al mismo tiempo intenta presentarse como lo contrario. En frase famosa, "los nazis son los cínicos, porque reconocen abiertamente su violencia y su tiranía; los comunistas son los hipócritas, porque niegan descaradamente las suyas". Los nacionalistas vascos y catalanes optan resueltamente por la hipocresía, al parecer más fructífera.

 

Por otra parte, la veracidad o falsedad de los hechos históricos nunca se demuestra con apelaciones generales a intereses o ideas previas, sino mediante el análisis cuidadoso de los hechos concretos. Puede demostrarse con claridad suficiente, por ejemplo, que la versión del PNV sobre el Pacto de Santoña es radicalmente falsa, al igual que su afirmación de los tres mil muertos en el bombardeo de Guernica, o las leyendas sobre su reacción a dicho bombardeo –bajo sus llamamientos a intensificar la lucha, lo que hizo fue intensificar sus tratos con los fascistas italianos con vistas a traicionar a sus aliados.

 

Contra una nutrida propaganda, cabe demostrar documentalmente que la Esquerra respondió al resultado de las elecciones de 1933 poniéndose "en pie de guerra", utilizando el estatuto para intentar crear un ambiente bélico en Cataluña y tratando de llevar a los catalanes a la insurrección. Hechos determinantes, entre otros muchos, probatorios de dos cosas: la capacidad de estos nacionalismos para falsear el pasado y la falta de base de sus pretensiones democráticas.

 

Como decía, la Transición vino acompañada de una flaqueza en la defensa e investigación de la verdad; peor aún, de hostigamiento a los pocos que no se resignaban ante la ola propagandística de los separatistas y del partido de los "cien años de honradez". De aquellos polvos, estos lodos. Sin embargo, se aprecia en los últimos años una reacción muy esperanzadora, con numerosos estudios que han echado por tierra las explicaciones nacionalistas del pasado, faltando, si acaso, una suficiente popularización de sus resultados.

 

Jesús Laínz viene contribuyendo de forma muy destacada a esta doble tarea, primero con su excelente libro Adiós, España y ahora con este otro, La nación falsificada, más divulgativo pero no por ello menos cuidado en sus exposiciones. Falta, quizá, una obra que presente las semblanzas de los jefes nacionalistas catalanes y vascos, algo así como Separatistas ilustres, para contraste con los vascos y catalanes que a lo largo de la historia tanto han contribuido a forjar la nación española.

 

Pío Moa

Libertad Digital, 12 de enero de 2007