Papá oco

El patrón era hombre de tan pocas palabras que prefería las escritas hace dos mil años a las pronunciadas hoy. Para compensar, a la matrona le sobraban, con el agravante de haber nacido y pasado sus años escolares en Francia, por lo que no acababa de coger el punto a las erres sobre todo cuando se enfadaba.

 

Pasaban ambos del medio siglo cuando tomaron la decisión de cambiar el asfalto por la hierba. Y aunque siguieron trabajando en la ciudad, compraron una hermosa finca, rodeada de robles y sauces, en la que construyeron una no menos hermosa casa de campo.

 

Renunciaron a las patatas por el lumbago, a las gallinas por el aroma y a los gatos por las pulgas, pero estudiaron la cuestión canina sobre todo debido a las alarmantes historias sobre bandas de orientales asaltando casas de las cercanías. Y como habían abandonado la ciudad en busca de tranquilidad, no estaban para sobresaltos nocturnos. Así que se hicieron con tres minúsculos cachorros de mastín a los que, hasta que pegaron el estirón, alojaron en la bañera bien tapaditos para que no pasaran frío. Insigne latinista, él propuso llamarlos Julio, Pompeyo y Craso, pero ella, enfermera, contraatacó con Santiago, Ramón y Cajal. Venció ella, como Dios manda.

 

Pero los cachorrillos, pronto grandes como leones, olían como osos, comían como caimanes, babeaban las sábanas del tendal y adornaban hasta el último rincón del prado con mocordos de consideración. Y como desde pequeñitos habían sido colmados de caricias y carantoñas, más que de fieras ejercían de peluches, e, incapaces de asustar a nadie, eran ellos los que se asustaban hasta de los pollos del vecino. 

 

–Como guajdianes estos pejos son un desastje –lamentaba, incoherente, la principal culpable de los mimos.

 

Así que cuando murieron quedó claro que ningún perro volvería a ser bien recibido. Pero él no tardó en encontrarse rodeado de nuevo por su santa esposa, que no soltaba el teléfono ni para lavarse los dientes, y su no menos santa suegra, que sólo dejaba de visitarles cuando, según él, tenía la escoba reparando en el taller aeronáutico. Así que se reservó el rincón más escondido de la casa para entregarse todavía más a la lectura como último recurso antes de la bebida.

 

Veterano amante de los clásicos –“Si junto a tu biblioteca tienes un jardín, nada te faltará”–, recordó la aventura de las ocas capitolinas. “¡Eureka!” –se dijo–, “he aquí la solución”. Así que la enfermera se encontró un día con que su filólogo marido se había pasado a la biología colocando cuarenta huevos bajo una bombilla.

 

–Romperán en dos o tres días –le explicó el pajarero–, y todas a la vez porque estos bichos siempre se ponen de acuerdo. Dios sabrá cómo. Así que haga todo lo posible por estar presente en el momento del nacimiento, porque, como no van a tener padres naturales, usted va a tener que ejercer de ello.

 

Hombre concienzudo, no se separó de los huevos ni de día ni de noche hasta el feliz alumbramiento. Y, efectivamente, fue un padre ejemplar. Mientras que a la dueña de la casa las recién llegadas ni la miraban, al gran oco –grande de verdad, pues medía dos de alto por cuatro de ancho– le seguían a todas partes graznando con frenesí. Ya saliese a pasear, ya se dedicase a segar, regar o podar, el regimiento de ocas le seguía a paso de ídem sin dejarle ni a sol ni a sombra. No había mañana en la que, al desperezarse en el balcón recibiendo la primera luz del día, no recibiera también el primer saludo de cuarenta gargantas entusiasmadas. No había manera de tomarse un té en el jardín sin sentir ochenta ojos escrutando cada movimiento. No había cena con los amigos que no fuese amenizada con alguna gansada. Y cuando marchaba temprano a trabajar, le escoltaban angustiadas hasta la cancela, donde volvía a encontrárselas, alborozadas, al regresar por la tarde.

 

Los méritos de la tropa no fueron pocos: acabaron con los topos, la gorrona de la vecina no volvió a asomar para pedir perejil y hasta el cartero aprendió a colar el correo por la ventana sin bajarse del coche. Pero no todo eran sonrisas: no callaban en todo el día, y eso que no gastaban teléfono; y lo de los mastines era un aperitivo en comparación con lo que tragaban ellas… Pero lo más importante era que, como todo lo que entra sale, cuarenta ocas descomiendo todas juntas en unión lo ponen todo perdido. Y peligrosamente resbaladizo.

 

–Estas cabjonas cagan lo que no está escjito –denunció la jefa, ansiosa de venganza, tras pegarse la primera costalada–. A vej cómo lo jesuelves.

 

De nada sirvieron la manguera y el cepillo, pues aunque el profesor lo dejó todo reluciente, la primera diarrea colectiva restauró el equilibrio natural. Tras el segundo aterrizaje con el culo llegó el ultimátum:

 

–O ellas o yo.

 

Venció de nuevo la parienta. Así que papá oco se vio obligado a embarcar a sus criaturas con zalamerías en el todoterreno para, en tres o cuatro viajes, abandonarlas con nocturnidad y alevosía en el estanque del parque municipal, en compañía de patos mandarines, somormujos, cisnes y otros aristócratas de la volatería acuática.

 

Un par de días después se acercó tímidamente por allí para ver cómo andaba la cosa, pero no le dio tiempo más que para asomar una oreja. Conocedor de la estrategia de Aníbal en Cannas, había avanzado por un flanco, gracias a lo cual logró escabullirse antes de que nadie consiguiese comprender por qué se había organizado aquel cisco.

 

Consiguió mantenerse alejado durante algunos días, pero, como la sangre tira, se decidió a otra visita, esta vez con las debidas precauciones. Inútilmente, porque el entusiasmo superó al del primer día. El guarda del estanque le cortó la retirada.

 

–¡Ajajá! ¡Así que es usted el padre!

 

–¿Yo? Pero si no las conozco de nada…

 

–¡A mí me va usted a engañar! Pero ha hecho muy bien. Si vuelve a necesitar asilo para sus pájaros, tráigalos aquí, que los recibiremos con las plumas abiertas. Y ya puede quitarse el sombrero y la nariz postiza.

 

Pasaron los meses e incluso los años, y hasta que murió la última de ellas papá oco siguió recibiendo su cariño por mucho que distanciara las visitas.

 

Aun sin mastines ni ocas, ningún atracador se acercó por allí. Pero, quizá por teléfonos, quizá por escobas, hay quien dice haber oído a papá oco refunfuñar mientras podaba los aligustres:

 

–Tenía que haberme quedado con aquellas putas.

 

La Gallina Ilustrada, nº 6, 9 de agosto de 2019