Execración de Azaña

“Los vencidos ganaron humanamente la guerra”, ha declarado Pedro Sánchez ante la tumba de Azaña. Discutible opinión, sobre todo teniendo en cuenta los ríos de sangre en los que se ahogaron las simpatías de muchos países que deberían haber prestado su apoyo al gobierno republicano. Empezando por una Francia y una Gran Bretaña que no tardaron en comprender que no se encontraban ante un régimen democrático equivalente a los suyos, sino ante una revolución bolchevique equivalente a la rusa.

 

Pero de lo que no cabe duda es de que la ganaron propagandísticamente. Y no sólo en España desde 1975, sino en todo el mundo desde 1945. Pues la presencia de Stalin entre los vencedores de aquel año impidió que el comunismo tuviese su Núremberg y bendijo todo lo que había tocado, incluido el bando republicano español, mientras quedaba contaminado todo lo que hubiesen tocado los vencidos, incluido el bando nacional español. Injusto maniqueísmo, cierto, pero así son las injustas cosas de la injusta política. Y por eso, casi un siglo después, Pedro Sánchez ha podido, según sus propias palabras, “rendir homenaje a aquella democracia española que fue derrotada por la tiranía”.

 

Pero regresemos a Manuel Azaña, máxima encarnación de aquella “democracia española” nacida inesperadamente en 1931 y fenecida trágicamente en 1939. Por quienes le trataron sabemos que fue un hombre acomplejado, frustrado, cercano al suicidio en sus años jóvenes, escritor resentido por carecer de lectores y convencido de merecer grandes destinos. Unamuno, que siempre sintió un enorme desprecio por él, escribiría que “no hay nada más peligroso en política que un resentido con talento”. Soberbio y despectivo con las clases populares a las que, paradójicamente, pretendió representar, le molestaba que a sus mítines acudiese el populacho iletrado: en una ocasión le sacó de sus casillas el hecho de que las primeras filas las hubiesen ocupado unos gitanos.

 

Su labor como conspirador antimonárquico no fue ni intensa ni influyente. Merecen ser destacadas su presencia en el Pacto de San Sebastián en agosto de 1930 y su conferencia Tres generaciones del Ateneo, pronunciada el 20 de noviembre en el Ateneo de Madrid, en la que explicó su concepción del gobierno como una institución manejada por los inteligentes como él y a la que debían someterse las masas (“los gruesos batallones populares, encauzados al objetivo que la inteligencia les señale”), y de España como una nación fallida cuya trayectoria histórica había sido un continuo error (“En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Como hay personas heredo-sifilíticas, así España es un país heredo-histórico”). Y por último, su participación en la conspiración de Jaca, tras cuyo esperpéntico fracaso se escondería tanto del gobierno como de los suyos para no salir a la luz, todavía muerto de miedo, hasta el 14 de abril.

 

A partir de aquel momento los acontecimientos se precipitaron. El 10 de mayo, sólo un mes después de la llegada de la ansiada República, su rumbo se torcería para siempre a causa de la primera quema de edificios religiosos. Y, sobre todo, a causa de la inacción de un gobierno que, por su sectario anticlericalismo, se lavó las manos ante el quebrantamiento del orden público. “Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”, declararía Azaña, ministro de la Guerra y principal promotor de la dejación gubernamental. Año y medio más tarde Unamuno recordaría aquella frase para acusar a Azaña de abrir la espita de la violencia con la excusa de haber sido ejercida por “buenos republicanos”. Y también le responsabilizó de una Ley de Defensa de la República que, con su secuela de arbitrariedades ministeriales y cierres de periódicos de la oposición, otorgaba a los ciudadanos menos instrumentos de defensa que la Inquisición. No por casualidad declararía Azaña en el Parlamento, en noviembre de 1932, que “no creo en la independencia del poder judicial” y que los tres poderes del Estado no debían estar subordinados a lo que estableciese la Constitución, sino “al espíritu público dominante en el país”.

 

Una de las personas que mejor le conoció fue su íntimo enemigo Niceto Alcalá-Zamora, con el que tuvo trato frecuente debido a sus respectivas funciones gubernamentales. No ahorró epítetos para quien consideró “satánicamente soberbio” e “insuperablemente descortés”. Los diarios de don Niceto están plagados de lamentos por la inacción de Azaña, por su continua vulneración de las leyes, su arbitrariedad, sus delitos (prevaricación, nepotismo…), su violencia en las discusiones, su carácter vengativo, su cobardía, su hipocresía, su vanidad y su despotismo con los subordinados:

 

“Azaña, grande en las pequeñeces de la soberbia, se preocupó y contrarió mucho hoy, día de tan distinguidas preocupaciones, porque un recluta de la escolta, que no le conocía y estaba de centinela en la antesala de mi despacho, permaneció en su lugar en posición de descanso, y no cuadrado, mientras él entraba para firmar”.

 

El decano de los luchadores contra Alfonso XIII, Alejandro Lerroux, huido de la España republicana en 1937, atribuyó la culpa de la guerra a Azaña y Alcalá-Zamora (“siniestros muñecos fracasados en el régimen caído, sin energía, sin capacidad, sin grandeza de alma, y hasta sin sexo”) por haber acabado con el imperio de la ley:

 

“Ni la vida, ni el hogar, ni la propiedad, ni la conciencia de cada ciudadano tenían otra seguridad que la que pudieran proporcionarle sus propios e individuales medios de defensa (…) Explícitamente lo demostró así [Azaña] el día 19 de julio de 1936, cuando, ante la noticia de la actividad del ejército, en vez de negociar abrió las puertas de los parques, entregó las armas del Estado al populacho, ya embriagado de sangre, y los lanzó contra los cuarteles, donde la plebe se ensañó ferozmente”.

 

Por su parte, Unamuno acusó con amargura a Azaña de ser el mayor culpable de la degeneración de la República, las salvajadas de los frentepopulistas y la subsiguiente guerra. Cuando el 19 de julio se anunció en Salamanca el alzamiento militar, el viejo republicano exclamó alborozado: “¡Viva España, soldados! Y ahora, ¡a por el faraón del Pardo!”. Faraón del Pardo al que Unamuno retó a que se suicidara como único acto patriótico a su alcance. Declaró al holandés Johan Brouwer que el principal responsable de la tragedia de España había sido Azaña por haber querido cambiarla sin sentar previamente bases nuevas, frivolidad que sólo podía producir “desorden, alteración, inestabilidad, vacío”. Por su culpa, España se había convertido en un barco a la deriva. La España heredo-sifilítica del discurso ateneístico, su concepción de España como un eterno error, había tenido efectos tan letales como la inoperancia gubernativa. 

 

Diez años más tarde, en 1947, Enrique Jardiel Poncela reflexionaría así sobre el pensamiento de Azaña, lamentablemente heredado punto por punto por la izquierda española del siglo XXI:

 

“Era Azaña un hombre mediocre, antiguo empleado de la Dirección de Registros, ex secretario del Ateneo y autor de tres libros que no se habían leído. Provisto de una cultura lo bastante superficial para creerse él mismo un hombre culto y para impresionar a las masas; y orador de mucho éxito por la amargura y el derrotismo rencoroso con que trataba los temas históricos principalmente. Su mecánica oratoria no era complicada: consistía en presentar como axiomas lúgubres e impresionantes todas las calumnias que contra España y sus hijos gloriosos se han repetido en el mundo, y presentar como tópicos risibles y despreciables todos los elogios que a favor de España y de sus hijos gloriosos se han repetido en el mundo. De ello resultaba, al admitir como artículo de fe lo malo y al burlarse incrédulamente de lo bueno, que España había sido siempre un país despreciable y los españoles, los seres más miserables de la creación. En suma: crítica negativa, muy del gusto del español medio, que –no olvide usted el individualismo– disfruta oyendo hablar mal de sus semejantes. Claro que este caso de Azaña tampoco es nuevo en nuestra historia: la misma amargura derrotista y calumniadora ejercida por el padre Bartolomé de las Casas creó para siempre la leyenda negra de la conquista española en América: y aún creen en ella los países americanos y aún cree en ella España, que es lo más gordo. Pues, ¿cómo no había de ser verdad si lo decía un testigo español? Y nadie, naturalmente, podría pensar que existen y han existido españoles, como el padre Las Casas, a quien el derrotismo más amargo, propio quizá de una mente y un organismo enfermos, convertía en los peores enemigos de España. Azaña era uno de éstos, en sus discursos y en sus libros. Y sus libros no se habían leído, pero ¡ay! sus discursos los oía todo el mundo por la radio…  e hicieron más daño que el peor veneno”.

 

A pocos días del fin de la guerra, Ramón Pérez de Ayala, uno de los “padres” de la República, escribió una carta a Gregorio Marañón para reiterarle su condena a los republicanos, especialmente a Azaña:

 

“Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Inspecciono mi ficha histórica y, en puridad, no hallo ocasión para el remordimiento de haber creído jamás en ellos. Siempre los tuve por tontos de babero y brutos estructurales (…) Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza. Hago una excepción. Me figuré un tiempo que Azaña era de diferente textura y tejido más noble. No podía contar yo con que la ausencia de la hormona testicular estragase hasta tal punto una buena inteligencia natural. En octubre del 34 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo luego sus memorias del barco de guerra –tan ruines y afeminadas– me confirmé. Cuando le vi y le hablé siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental, en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España con aquella gente”.

 

Así juzgaron a Azaña sus amigos, compañeros y camaradas republicanos. Ochenta años más tarde, Pedro Sánchez se emociona ante las célebres palabras azañistas “Paz, piedad y perdón”, indignas en un vencido y sólo aceptables en un hombre victorioso, gobernante, poderoso. Pero cuando Azaña lo fue, las palabras que salieron de sus labios fueron las contrarias.

 

Según Pedro Sánchez, tan admirador de Azaña como José María Aznar, la Constitución de 1978 “restauró los valores” de la Segunda República, los valores de “la España con la que soñó Azaña”. 

 

Peligroso halago...

 

Libertad Digital, 13 de junio de 2029