El progreso y la libertad avanzan en sentidos opuestos

No caeré en la frivolidad de repetir aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pues sigo prefiriendo las epidemias de gripe a las de peste bubónica y confieso que cuando voy al dentista no suelo renunciar a la anestesia. Pero, técnica aparte, tampoco me cabe duda de que el retroceso habido en las últimas décadas en no pocos aspectos de la vida no presagia un futuro más risueño que el presente.

 

Podría empezarse por la cortesía, el respeto y los buenos modales, reliquias de un pasado reaccionario que probablemente nunca volverá. No soy demasiado viejo aún, pero recuerdo con nostalgia los partidos de fútbol que organizábamos al salir del colegio en cualquier plaza de mi ciudad. Hoy eso ya no se ve, en primer lugar porque no tardaría en llegar un policía para impedirlo y, en segundo, porque hoy las calles se han convertido en lugares peligrosos en los que los padres no quieren que sus hijos deambulen sin estar controlados y continuamente localizables mediante el teléfono móvil.

 

Hace no tantos años los niños podían andar en bicicleta; hoy los automóviles lo han invadido todo hasta conseguir el absurdo de hacerse inservibles por haber colapsado ciudades y carreteras.

 

Antes los ciudadanos honrados eran libres y los que estaban encerrados eran los delincuentes; hoy los que tienen que estar aislados tras mil medidas de seguridad son los ciudadanos honrados en sus urbanizaciones para que los que están fuera, los delincuentes, no puedan entrar. En los últimos años esta progresión, cuyas consecuencias son la pérdida de libertad y de bienestar, se ha acelerado notablemente. Con la excusa de que es por nuestro bien y de que sólo tienen que temerlo los delincuentes, se escuchan nuestras conversaciones, se vigilan nuestros movimientos bancarios y se lee nuestra correspondencia con una exhaustividad antaño inimaginable. Como previó Orwell, hay cámaras por todas partes. Con la excusa de la vigilancia del orden público, ya no se puede ni dar un beso a la novia en el portal sin temor a que haya alguien mirando.

 

Las bolsas y mochilas, tradicionales objetos utilizados para acarrear cosas en los que nadie se fijaba, hoy son miradas con desconfianza hasta en las playas. Los acontecimientos internacionales por todos conocidos están convirtiendo los aeropuertos en lugares cada día más incómodos en los que habrá que acabar quitándose hasta el empaste de las muelas para no pitar.  Estas medidas de seguridad –sin duda lamentablemente necesarias– han comenzado a extenderse, lógicamente, a las estaciones de tren. De momento las máquinas de rayos, los sabuesos y los agentes sólo han llegado a las más importantes, pero no pasará mucho tiempo antes de que veamos el establecimiento de férreos controles hasta en la más risueña y tranquila estación del pueblo más pequeño, con lo que no tardarán en pasar a la categoría de reliquias de la prehistoria las imágenes de la estación de la Castletown de John Ford, esa cima de la civilización junto a la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medicis.

 

Y tras los trenes llegará un día, más pronto que tarde, en que no se podrá entrar en un autobús o en un comercio sin pasar por un escáner. Y de ahí al microchip bajo la piel, como los perros, no hay más que un paso que tampoco tardaremos en dar. Y, además, nos lo venderán como una gran innovación contra el delito que los ciudadanos honrados no podrán dejar de ver con agrado.

 

Son cosas del progreso, se responderá. Puede ser, pero ¿dónde está escrito que el progreso y lo razonable sean sinónimos? Nadie parece haberse dado cuenta, pero el progreso nos está limitando, encerrando, entristeciendo, deshumanizando, esclavizando.

 

Creo recordar que fue Baroja el que habló del derecho al santo revólver, pero probablemente lo único que quepa sea la resignación.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada