Nuevos arquetipos artísticos

Durante siglos el arte superior fue el modelo a seguir. Griegos y romanos exportaron, sin saberlo y sin quererlo, su estética y su pensamiento, que fueron imitados por doquier e inspiraron a artistas y pensadores de lugares y siglos muy alejados.

 

Cuando un pueblo llegaba a alturas notables en cualquier rama del arte y la cultura, antes o después acababa siendo tomado como el modelo a seguir. Los bárbaros imitaron a los grecolatinos en su arquitectura, en su literatura, en su derecho, en su lengua. No pudo haber sido al revés, incluso a pesar de que éstos habían decaído y degenerado y aquéllos se habían convertido en los nuevos amos. Toda Europa imitó a la Italia renacentista en su literatura, su pintura, su escultura, su arquitectura. Dante, Miguel Ángel y Leonardo impidieron que hubiera podido ser de otro modo. La música germánica fue durante más de dos siglos, de Bach a Strauss, el arquetipo indiscutible al que todos los músicos de todas las naciones debieron obligatoriamente mirar. No sólo sucedía esto en el arte, sino que la potencia política de una nación acababa provocando su imitación hasta en la vestimenta, como sucedió con la moda española de los siglos XVI y XVII, imitada en el resto de Europa. De parecido fenómeno fueron testigos los europeos de la edad de oro del colonialismo –como, por ejemplo, Churchill en sus memorias africanas–,  que observaron que las ropas occidentales eran utilizadas como signo de distinción por los jefes tribales, aficionados a presentarse ante su gente con el tradicional taparrabos pero tocados con una chistera, una casaca o un paraguas para así dejar constancia de su superioridad.

 

Hoy sucede lo contrario. Es lo más bajo, lo más feo, lo más sucio, lo que sirve de modelo. La gran tradición musical europea se autodestruyó tras la Segunda Guerra Mundial, y hoy la música que se hace y escucha en Occidente tiene por germen la vulgarísima involución hacia el Paleolítico que significó el Rock and Roll y el resto de musiquillas nacidas en torno a las décadas de los 50 y 60.

 

Pero el ejemplo más evidente es el de los grafitis. Un subproducto desquiciado, desasosegante, depresivo, voluntariamente desagradable, un deshecho de las barriadas marginales norteamericanas es reproducido en cada ciudad de la vieja Europa, que ha dado la espalda a su tradición, a su magisterio y, por lo tanto, a la belleza. No recuerdo quién escribió que el Imperio Romano firmó su sentencia de muerte el día en que los patricios empezaron a vestirse por los pies, con pantalones, como los bárbaros que venían a sustituirles en su señorío sobre el mundo.

 

¿Serán nuestros jóvenes bailadores de rap y de visera ladeada el símbolo anticipatorio de nuestro destino? Porque no queda el problema en algo meramente estético, sino que ello es sólo un síntoma superficial de algo mucho más grave, consolidado y profundo. ¿Cómo nosotros, blanditos y narcisistas occidentales, vamos a pretender sostener la Civilización si hace ya mucho que dejamos de creer en ella?

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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