Iconos de la modernidad

Para concluir este memorable año del Ecce Homo, se anuncia que su polémica restauradora presentará las campanadas añonueveras en una cadena televisiva. Debe de ser que la pobre no tuvo suficiente y ahora, quizá mal aconsejada, se presta a que vuelvan a reírse de ella.

 

Porque tan sorprendente como su desatino pictórico fue el interés que el asunto despertó por toda nuestra vieja y sabia España. Sólo se necesitaron unos días para hacer saltar chispas de esa modernísima manera de perder el tiempo llamada redes sociales, para diseñar todo tipo de objetos y hasta para que alguna aerolínea carroñera fletase vuelos baratos para que un montón de personas que jamás tendrán el menor interés en pisar un museo pudieran burlarse de una anciana e inmortalizar sus chancletas junto al icono de moda para poder presumir en feisbú de que “yo estuve allí”.

 

Pero, ¿por qué irse hasta Zaragoza para eso? Mayores mamarrachadas abarrotan nuestros museos, incluso firmadas por encumbradísimos pintores y compradas por multimillonarios convencidos de que cultura y sensibilidad son adquiribles a golpe de talonario. Al fin y al cabo la mayor parte de eso que llaman arte contemporáneo consiste en ver quién se inventa la tomadura de pelo más llamativa para arrancar el aplauso de quienes han alcanzado el grado de tontería suficiente. El que algunas latas de “mierda de artista” de Piero Manzoni hayan acabado fermentando y estallando probablemente sea una prueba de la existencia de Dios.

 

Pero quedémonos con lo constructivo. Los desbordados hosteleros de Borja podrían servir de inspiración a nuestros economistas: ya que ni investigamos ni producimos ni exportamos, y tenemos que contentarnos con mendigar a mister Marshall la construcción de megaputiferios, una como ésta de vez en cuando podría revivir la economía española y reforzar internacionalmente nuestra imagen de país a la vanguardia de la modernidad.

 

El Diario Montañés, 11 de diciembre de 2012