El honor de Japón

“No puedo dejar de alabar la paciente virtud de los españoles. Rara vez o nunca hemos visto que una nación haya sufrido tantas desgracias y miserias como los españoles en sus descubrimientos de las Indias; no obstante, persistiendo en sus empresas con invencible constancia, anexionaron a su reino provincias tantas y tan ricas como para enterrar el recuerdo de todos los peligros pasados. Las tempestades y naufragios, el hambre, trastornos políticos, motines, calor y frío, peste y toda clase de enfermedades, tanto antiguas como nuevas, junto a una extremada pobreza y carencia de las cosas más necesarias, han sido los enemigos con que ha tenido que luchar cada uno de los más ilustres conquistadores. Muchos años han pasado sobre sus cabezas mientras recorrían no muchas leguas y, en verdad, más de uno o dos han gastado sus esfuerzos, sus bienes y sus vidas en la búsqueda de un reino dorado sin llegar a tener de él más noticias que lo que sabían cuando partieron, y, sin embargo, ninguno de ellos, ni el tercero, ni el cuarto, ni el quinto se descorazonaban. Desde luego, han sido muy justamente recompensados con los tesoros y paraísos que hoy disfrutan, y merecen disfrutarlos en paz, si no impiden a otros el ejercicio de la misma virtud, que quizá no se volverá a dar”.

 

Con estas palabras honró sir Walter Raleigh a sus enemigos españoles por sus muchas virtudes. Pero han pasado unos cuantos siglos y aquella loa hoy sólo puede provocar risa. O llanto. Pocas pruebas hay tan evidentes como Expaña del acierto de las tesis de Spengler.

 

Al otro lado del mundo, ancianos japoneses se dirigen voluntaria y silenciosamente hacia un horror invisible para, con su sacrificio, salvar a su patria y sus compatriotas que aún aspiran a una vida larga de una calamidad que parece salida de las páginas de san Juan. Eso es el honor, la cualidad moral que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes respecto del prójimo y de nosotros mismos, como define tan sabia y bellamente el DRAE.

 

En este lado del mundo, por el contrario, una reciente encuesta ha reflejado que aproximadamente la mitad de los españoles se negarían a defender su patria en el caso de que se viera en peligro. Muy optimistas me parecen las cifras. Entre otras razones porque el primero que saldría corriendo, jubiloso, por la senda de la deserción sería, no me cabe la menor duda, el que suscribe. 

 

Aunque hay una posibilidad de que, al menos, mirase hacia atrás con remordimiento: si se presentasen en primera línea los políticos y gobernantes que desde hace muchos años nos han llevado a la actual situación. Como el príncipe Andrés de Inglaterra, que pilotó un caza en la guerra de las Malvinas.

 

Página web de la Fundación DENAES, marzo de 2011

 

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