Derechos torcidos

Su más alta expresión es ese celebérrimo pareado del Nosotras parimos, nosotras decidimos, eslogan mitinero de vacuidad sólo superada por su inhumanidad. Junto a ello, una larga retahíla de supuestos derechos cuyos pergeñadores creen que existen por el mero hecho de haberlos enunciado: el derecho de la mujer a hacer lo que quiera con su cuerpo (cuando lo que oculta es el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de su hijo), el derecho a disfrutar de una sana vida sexual y reproductiva (como si eso implicase considerar el aborto como un método anticonceptivo), el derecho a abortar libre y gratuitamente (como si se tratase de una enfermedad), y no sé cuántas variantes más de eufemismos pseudojurídicos concebidos para ocultar la tremenda realidad que se encuentra detrás: el hecho biológico, tan fácil de observar y comprender, de que la vida del bebé es distinta de la vida de la madre.

 

Pero, ya metidos en el engañoso laberinto de los derechos autoproclamados, ¿por qué ninguno de esos idólatras jurídicos recuerda jamás los derechos, éstos sí bien palpables, comprensibles y reconocidos en la legislación española desde hace siglos, como los establecidos en los artículos 29 y 627 del Código Civil, consistentes en que el concebido se tiene por nacido para todos los efectos que le sean favorables, como el poder ser beneficiario de donaciones y de herencias, derechos que quedan convertidos en nada por la muerte de su pequeño titular decidida por otras personas? ¿Estos derechos no merecen ser protegidos? ¿Por qué unos derechos derivados del sentido común y reconocidos desde antiguo quedan en papel mojado ante torcidísimos derechos recién inventados para servir a muy cuestionables intereses ideológicos de esta desdichada época final de la civilización? La vida humana, cruelmente despreciada y sustituida por el egoísmo, la comodidad y la inhumanidad: en eso consisten los derechos con los que quienes se dicen defensores del progreso llenan todos los días sus bocas y pretenden acallar las de los demás.

 

El Diario Montañés, 27 de febrero de 2014

 

 

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