Esbozo estereotípico del progre inquisitorial

El progre inquisitorial vuela muy alto, inalcanzable para el común de los mortales, sobre todo para los pobres reaccionarios como el que suscribe. De notoria superioridad moral e intelectual, el progre inquisitorial no se rebaja a argumentar. A lo sumo desciende a descalificar.

 

El progre inquisitorial es más que nada un estereotipo. No hay categoría humana de mayor uniformidad: cada ejemplar se cree el colmo de la singularidad, cuando aburre por previsible.

 

El progre inquisitorial está de vuelta de todo. Se admira a sí mismo por su olímpica despreocupación. Bajando al detalle, y éste es uno de sus clásicos, España no le preocupa lo más mínimo; es más, su disolución hasta le parecería algo realmente interesante. Por eso los inocentes que todavía conceden alguna importancia a una realidad tan lamentable son unos palurdos y unos reaccionarios, como el que suscribe.

 

Según el progre inquisitorial, España tiene una tradición cultural aberrante. España es un error ya desde Don Pelayo y los suyos, aquellos tercos incapaces de comprender el progreso que portaban las cimitarras mahometanas y que no cejaron hasta enterrar la alianza de civilizaciones que el Islam había instaurado en nuestro suelo y bajo la que tanto hubieran disfrutado los progresistas de hoy. Después llegaron aquel par de fachas de Isabel y Fernando con la ocurrencia de unificar las diversas nacionalidades históricas pisoteando los hechos diferenciales. Lanzáronse acto seguido los españoles a conquistar Continentes a espaldas de la ONU y a guerrear por asuntos religiosos, a diferencia de otras naciones europeas, de tradición cultural mucho menos aberrante, que nunca se dedicaron ni al imperialismo ni al colonialismo ni a la intransigencia religiosa ni a matanzas, persecuciones y guerras por dicha causa ni por ninguna otra.

 

Ofende especialmente al progre inquisitorial que cuando Napoleón quiso donar a nuestros tatarabuelos la libertad a cañonazos, no se les ocurriera mejor idea que echarse al monte en nombre de Dios, del Rey y de la Patria –y también de la Libertad y de la Constitución–, en defensa de Fernando VII y de las caenas –y también de la Pepa–, comportamiento impropio de un pueblo civilizado. Pontifica el progre inquisitorial que no cupo otra opción que alinearse con los afrancesados, incapaz de comprender que sí cupo otra opción, precisamente la de la inmensa mayoría de los españoles, quienes, por encima de sus variadas ideologías políticas –bastaría con leer a Jovellanos–, optaron por luchar contra el invasor extranjero que se empeñaba en regalarles el progreso envuelto en pólvora. Pero todo argumento le sobra al progre inquisitorial: cualquier opción antes que España. Además, convencido de epatar al burgués con tan transgresora declaración, no advierte que no hace otra cosa que repetir, una vez más, los mandamientos de la corrección política y de secundar obedientemente el mea culpa afrancesado de la vicepresidenta del Gobierno el pasado 2 de mayo. ¡Cuánta transgresión! 

 

El progre inquisitorial se cree el colmo de la rebeldía por reírse de la patria –ese último refugio de los canallas, según dice la progresía mientras no ve peligrar su monedero–, del ejército, del Estado y de toda autoridad, conceptos desprestigiados por la corriente principal de la cultureta moderna desde el mohoso Imagine lennonesco y sus miles de aguerridos imitadores. Pero a pesar de repetir hasta la náusea tan vulgar lugar común, el progre inquisitorial se hincha de orgullo por su viril atrevimiento.

 

Miembro del selecto club de los plurales y los tolerantes, el progre inquisitorial demuestra por enésima vez que la tolerancia, entre sus adalides, no es la regla sino la excepción. Y por eso, desde sus liliputienses perspectivas, este estereotipador nato es maestro en el arte de juzgar de oídas y despreciar lo que ignora.

 

Cuando cae sobre una columna de prensa, el progre inquisitorial llena su vacío intelectual con eslóganes de moda, confunde el vocabulario cheli con la ironía y repite la opinión dominante presumiendo de incomprendido, que queda mucho más elegante.

 

El progre inquisitorial es virtuoso catequista y celoso señalador de los que osan salirse de la ortodoxia. Su credo progre es una superstición como otra cualquiera: no admite razonamiento en contra, entraña una fe desmedida en sus postulados, es inatacable bajo pena de excomunión y legitima a sus fieles para descalificar a los opositores sin necesidad de argumentación, directamente con el insulto o el menosprecio –a ser posible citando nombres y apellidos, pues la hombría, la elegancia y la cortesía son conceptos que, por reaccionarios, le resultan ajenos.

 

Debe de resultar hermoso ser progre inquisitorial. ¡Conlleva tantos privilegios!

 

Pero, por mucho que se crea el único legitimado para partirse de risa a costa de los que no opinan lo mismo que él, en eso el progre inquisitorial se equivoca.

 

El Mundo (edición Cantabria), 18 de diciembre de 2008

 

 

Artículos relacionados: El PSOE ha claudicado, Sabino ha vencido - De España a Expaña pasando por la izquierda - El camino de la izquierda: de la hispanofobia a la separatofilia - La atracción fatal de la izquierda española - El nacionalismo, fase superior del izquierdismo - De la Internacional a la tribu - ¿P? ¿S? ¿O? ¿E? - La izquierda lerda - Las tres carcomas de España - Autocrítica de la izquierda - El lógico ascenso de Podemos - El progresismo, entre la estupidez y la barbarie - Izquierda y derecha - ¿No hay más patria que la Humanidad? - De Jenofonte a Lennon