El camino de la izquierda: de la hispanofobia a la separatofilia

A finales del siglo XIX gran parte de la intelectualidad española veía España como una nación fallida. Su escaso desarrollo industrial, tecnológico y económico en comparación con otros países europeos occidentales llevó a muchos a diagnosticar una enfermedad nacional cuya mortal gravedad el desastre del 98 pareció venir a confirmar. 

 

Joaquín Costa, la gran figura del regeneracionismo, consideraba España una nación frustrada que "debía ser fundada de nuevo, como si no hubiese existido". A su reciente fracaso imperial Costa le dedicó palabras que han pasado a la historia: "En 1898 España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar". Junto a Costa, Ortega y la generación del 98 ahondarían en la reflexión sobre el problema de España. 

 

Esta idea del fracaso histórico de España, que perdía su imperio ultramarino en los mismos años en los que otras potencias europeas construían los suyos, fue uno de los ejes principales sobre los que se articuló el republicanismo que finalmente acabaría tomando el poder en 1931 ante el desgaste de la Restauración y el abandono de los monárquicos. 

 

La mediocre intelectualidad izquierdista del primer tercio de siglo –de la cual probablemente sólo se salvaba Azaña– creyó intuir vagamente que había que buscar el origen de los males de España en la batalla de Villalar de 1521, en la que los comuneros fueron derrotados por Carlos I. A partir de esa revuelta, a la que se quiso dotar de un componente social revolucionario del que obviamente careció, la vida de España se había torcido para no volver a enderezarse hasta el momento en el que, por fin, la izquierda había llegado para corregir el error. Este mito comunero –insostenible a la luz de la historia, pero no por ello menos sugestivo– quedaría inmortalizado en la banda morada de la bandera republicana, banda que encarnó un doble error: la revuelta aristocrática comunera no tuvo nada de izquierdista; y el color morado nunca representó ni a los comuneros ni a Castilla, el color de cuyos estandartes siempre fue el rojo (el morado nació –y empezó a ser utilizado por círculos republicanos a causa de varios motivos– en el siglo XIX). 

 

Así pues, desde el siglo XVI el rumbo de España se habría torcido debido a tres factores: el espíritu imperial, el abandono de las ciencias y la industria, y el desmesurado peso de la Iglesia. Todos los males de España arrancaban de ahí. Por eso Azaña escribiría que "ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas, sino en las categorías universales humanas". Siguiendo la estela azañista, Fernando Savater ha declarado recientemente que "la idea de España es para fanáticos y semicuras". 

 

La regeneración de España llegaría, por lo tanto, a través de la negación de toda su historia y cultura anteriores, a las que se despreciaba. Azaña opinó que era necesario "abstraer en la entidad de España sus facciones históricas para mirarla convencionalmente, como una asociación de hombres libres". 

 

Es decir, una nación sin pasado, sin historia que la explicase, reinventada en laboratorio como una sustancia sintética. La antítesis de esta visión de la nación la representó, probablemente como ningún otro pensador derechista, Menéndez Pelayo, quien había arremetido a principios de siglo contra aquellos que pretendían hacer borrón y cuenta nueva con la realidad histórica de España: 

 

"Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que (…) emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan (…) hace espantosa liquidación de su pasado y escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores. (…) Donde no se conserve piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil". 

 

Durante la Segunda República la izquierda, por lo general, siguió sin ver con buenos ojos las aspiraciones separatistas de los nacionalismos vasco y catalán. Prueba de ello fue la rivalidad entre el PNV y el PSOE vasco, con Indalecio Prieto al frente, partido que se opuso incluso a la enseñanza del vascuence por considerarla vía de penetración de ideas reaccionarias, cosa que no hizo la tradicionalmente eusquerófila derecha. Durante la gestación del estatuto catalán en los primeros meses del régimen, los izquierdistas españoles cantaban por las calles la siguiente letra con la música del Himno de Riego, recién estrenado como himno nacional:

 

"Catalanes, ¿por qué esa locura

de quedar rezagados? Decid:

¿No es España la España de todos

desde aquella jornada de abril?

Por una España grande

su sangre dio Galán (1) 

y ahora el Estatuto

la quiere desmembrar".

 

Pero llegó la Guerra Civil que trajo la victoria en 1939 de la España que había sido derrotada en 1931, y con ella la alianza de las izquierdas con los muy reaccionarios nacionalismos, especialmente el vasco, frágil alianza que, de haber triunfado el alzamiento militar en Bilbao y San Sebastián, probablemente no se hubiera producido y que fue rota por los peneuvistas para pactar con Mussolini en cuanto tuvieron ocasión. 

 

La izquierda española, durante los largos años de exilio, se dejó contagiar el odio a España de sus aliados separatistas, que germinó en el fértil humus que ofrecía la tradición izquierdista de rechazo a la historia de España. Este proceso se inició ya en los años de guerra, como recogió el socialista vasco Julián Zugazagoitia, quien en sus memorias señalaría el curioso fenómeno que empezaba a manifestarse: 

 

"Los comunistas, siguiendo instrucciones de su comité central, acentuaron su nacionalismo euzkadiano, y algo parecido, aun cuando con mayor mesura y timidez, hicieron los socialistas. El proceso de este mimetismo colectivo necesitará ser estudiado con detalle". 

 

Y de ahí nace la atracción fatal que la mayor parte de la izquierda española siente hacia los separatismos, sean cuales sean, muchos de cuyos planteamientos ha acabado haciendo suyos. Recuérdese tan solo –como un ejemplo entre mil– la declaración del Partido Socialista de Euskadi durante su último congreso en la que condenaba el "rancio nacionalismo español", calificativo que jamás aplicaría al nacionalismo vasco, modelo de progresismo como cualquier otro separatismo. 

 

–¡Pero mira que te pones pedante, campeón! –interrumpió el lúcido septuagenario, obrero durante décadas en la siderurgia vizcaína–. Demasiado análisis confunde. ¿Quieres saber por qué el socialismo vasco y el catalán se han rendido a su enemigo? Pues muy sencillo: llevan un siglo siendo los maketos, los charnegos, los explotados, y se han cansado. Ahora también ellos quieren ser señoritos.

 

***

 

Nota (1): La letra se refiere al mártir republicano Fermín Galán (1899-1930), capitán que encabezó la fallida sublevación de Jaca junto con el también capitán Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930, por lo que fueron fusilados dos días más tarde tras consejo de guerra sumarísimo.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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