El nacionalismo, fase superior del izquierdismo

Si bien hoy no parece seguir teniendo mucho sentido la tradicional división de izquierdas y derechas que se arrastra desde los ya lejanos tiempos de la Revolución Francesa, no puede dejarse de constatar que algo significa todavía. 

 

El papel de la izquierda, junto con la doctrina social de la Iglesia, en la corrección de los abusos del capitalismo a lo largo de los siglos XIX y XX es indudable: sin el movimiento obrero, el sindicalismo y las diversas variantes del socialismo la historia del mundo habría sido muy distinta. Y la influencia de Marx, Lenin, Stalin, Mao y compañía ha marcado indeleblemente, para bien o para mal, el pasado, el presente y el futuro de muchas naciones.

 

Pero, siglo y medio después de Marx, en estos años iniciales del siglo XXI las sociedades han cambiado mucho, tanto que los objetivos tradicionales de la izquierda han dejado de tener sentido. Ya no hay proletariado que liberar de la opresión capitalista, al menos en el rico Occidente, donde no hay más que una inmensa clase media y donde todo el mundo es capitalista –los partidos socialistas más que nadie, aunque sus multimillonarios dirigentes pretendan seguir presentándose como defensores de las clases trabajadoras–. Además, la desaparición, por su propia incapacidad, de los regímenes políticos inspirados en las doctrinas socialistas ha dejado a la muy burguesa izquierda occidental sin referencia.

 

Por eso la izquierda actual parece abocada, a falta de verdaderas reivindicaciones sociales que explicasen y justificasen su existencia, a cambiar sus objetivos y dedicarse a demoler todo orden anterior, ya sea en el ámbito cultural, social o religioso. Por alguna extraña razón, parece que gran parte de la izquierda actual, falta de toda iniciativa constructiva, no sabe hacer otra cosa que destruir la herencia recibida de las generaciones anteriores: la familia, la consideración de la vida humana, el orden social, la religión –especialmente la cristiana–, todo ello ha de ser revisado en nombre del progreso, esa indefinible utopía de la que la izquierda se ha autodeclarado única depositaria. Evidentemente, en este proceso no participan ni todos los dirigentes izquierdistas ni, por supuesto, la inmensa mayoría de sus votantes, pero el grueso de la elaboración ideológica de la izquierda contemporánea parece seguir, sin grandes titubeos, la dirección indicada. Dicho afán destructivo no tiene por qué ser fruto de la mala fe, pero sí del nihilismo y la frivolidad. Si la familia tradicional europea, desde muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, es monógama y heterosexual, desde posiciones supuestamente progresistas se arguye que dicho modelo –que durante siglos se consideró el superior tras la evolución desde las hordas, tribus y clanes cavernarios– no es otra cosa que un producto cultural que bien hubiera podido ser de otro modo, como de hecho sucede, por ejemplo, en el mundo islámico, donde impera la poligamia. El valor de la vida humana, tanto intra como extrauterina, también es revisable, y ahí están el aborto y la eutanasia para probarlo. La principal responsabilidad de la delincuencia, desde Rousseau, ya no recae en el delincuente, sino en el resto de la sociedad: de ahí la sorprendente inclinación, o al menos la relativa justificación, de gran parte de la izquierda por los terroristas en vez de por sus víctimas, quizá como transposición de la lucha de clases. En cuanto a la religión cristiana, tanto en su vertiente metafísica como en la moral y la cultural, es el gran enemigo a batir para conseguir el tipo humano superior que alumbrará el futuro del mundo. Una vez traspasadas éstas y otras fronteras, ¿será imposible que en tiempos venideros pueda llegar a plantearse la revisión de la valoración de la pederastia, el incesto o la antropofagia? Al fin y al cabo, no dejan de ser, ellos también, productos culturales.

 

Y junto a la familia, la vida humana y la religión, otro de los pilares de las sociedades occidentales tal como se han conocido hasta hoy es la nación. Por ello debe ser igualmente destruida. Sobre todo la española, arquetipo de nación en la que se encarnan todos los valores reaccionarios. Y a ello lleva dedicándose la izquierda española con encomiable constancia desde hace algunas décadas.

 

Lenin escribió un importante libro titulado El imperialismo, fase superior del capitalismo, en el que explicaba su teoría de que el sistema económico capitalista, por su tendencia a formar monopolios, debía acabar desembocando en un sistema político imperialista. Un siglo después, el imperialismo clásico hace ya décadas que desapareció, por lo que el Largo Caballero ruso, de vivir hoy, se vería obligado a revisar sus tesis.

 

Pero lo que el muy internacionalista Lenin jamás hubiera podido imaginar es que algunos socialistas, en concreto los españoles, encontrarían como fase superior de su idelogía la adscripción al nacionalismo, mejor cuanto más microscópico. Quizá sea porque el separatismo antiespañol también sea percibido como un elemento más de la lucha de clases. El izquierdista, en España, para ser más izquierdista se mete nacionalista. Pero no de cualquier tipo, sino de cualquier tipo que sea antiespañol. El español es el único nacionalismo retrógrado y, por lo tanto, inaceptable para un izquierdista. En cambio reivindicar la resurrección de cualquier tribu prerromana es maravillosamente progresista. Cuando la extrema izquierda se queda corta, el único modo de seguir radicalizándose, el único camino hacia una mayor izquierdización, es hacerse nacionalista. En todas las regiones españolas se da este fenómeno, y por todas partes aparecen imitadores del mundo batasuno. Y la izquierda mayoritaria, la que se define como centro-izquierda, izquierda moderada o socialdemocracia, sigue el mismo camino.

 

Curiosamente, o quizá no tanto, el siguiente paso, y ahora sí hay que dar la razón a Lenin, es el imperialismo. Pues todos estos nacionalismos, tan cortos de vista por definición, aspiran siempre, paradójicamente, al Imperio: ahí están los planes de Federico Krutwig para la futura Euskadi nación del Volga al Nervión, la Euskalerria vasco-navarra-francesa compartida por todos los partidos nacionalistas vascos de izquierda o derecha, los Països Catalans de Jaime I añorados por todo nacionalista catalán, los gallegos reivindicando comarcas leonesas y asturianas y así hasta el absurdo infinito.

 

Sin embargo, hay que confesar que todo este esquema falla en un punto, y no poco importante. Y ese punto es que esta atracción fatal hacia el nacionalismo no es exclusiva de la izquierda, pues tras ella, más tímida y lentamente, como para casi todo, avanza también la derecha, o al menos buena parte de sus elites regionales. 

 

La sabinización de los espíritus parece imparable.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

(Ilustración: Mapa de Vasconia diseñado por Federico Krutwig. Fuente: Jesús Laínz, Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismosEd. Encuentro 2004).

 

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