La atracción fatal de la izquierda española

¿Qué sucedería si la banda terrorista que, durante cuarenta años de actividad criminal, ha causado ya más de ochocientas víctimas mortales y sigue ocupando el epicentro de la vida política española fuese de extrema derecha? ¿Tendría el gobierno socialista tantas contemplaciones con ella? ¿Aceptaría creer en treguas? ¿Disminuiría la presión policial y judicial? ¿Ansiaría tan alegremente un final “sin vencedores ni vencidos”? ¿Insistiría en –como dijeron John Lennon y Yoko Ono hasta que al asesino del primero le tocó abandonar la prisión para escándalo de la segunda– "dar una oportunidad a la paz"?

 

La izquierda española, mayoritariamente (y, por supuesto, mucho más los dirigentes que los votantes), ha solido mirar a ETA con ojos por lo menos comprensivos, cuando no amistosos. Sólo cambió parcial y temporalmente en los últimos años, sobre todo a causa de que, tras décadas de indiferencia ante la muerte de militares, policías y guardias civiles, empezaran a caer bajo las balas etarras políticos socialistas. Hasta 1978 la izquierda española consideró a los terroristas del nacionalismo vasco como la vanguardia de la lucha contra el franquismo y no fueron pocos los izquierdistas, tanto del PSOE como del PCE, que, en mayor o menor grado según cada caso, justificaron, comprendieron, compartieron fines, apoyaron, animaron, simpatizaron, defendieron, cobijaron e incluso colaboraron con los terroristas etarras y su entorno, desde numerosos militantes de base de los partidos y sindicatos izquierdistas hasta personalidades socialistas como el histórico dirigente Miguel Amilibia o los más recientes Txiqui Benegas o Gregorio Peces Barba, aunque ahora no quede bien recordarlo.

 

Además, en unos años en los que el terrorismo de extrema derecha provocaba un número de víctimas abarcable con los dedos de las manos, el terrorismo de izquierdas (fundamentalmente GRAPO y ETA, aunque no hay que olvidar a Terra Lliure, FRAP, Comandos Autónomos Anticapitalistas, etc.) se apuntaba un millar mientras la izquierda española atronaba las calles al grito de ¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!

 

Esta alucinada percepción de la realidad es hija de ese curioso prejuicio ideológico –y tara moral– padecido por tantos, consistente en que mientras que las víctimas de las organizaciones y regímenes políticos de derechas son provocadas por la intrínseca maldad de las ideas derechistas, las víctimas provocadas por los de izquierdas –en número incomparablemente mayor– son los lamentables e indeseados daños colaterales causados por personas y regímenes cargados de buena voluntad. Los derechistas matan siempre con mala idea. Los izquierdistas, sin querer, con buena intención y por el bien de sus víctimas.

 

No hay que olvidar, además, por muy escandaloso que pueda parecer a primera vista en estas décadas de beatificación de todo izquierdismo, que no en vano ETA comparte con el PSOE e IU su ideología izquierdista, lo que les convierte, a pesar de las condenas recibidas debido a su utilización de la violencia, en hermanos políticos. ¿O acaso los que se denominan a sí mismos Sozialistak Abertzaleak (Socialistas Patriotas) o izquierda abertzale, rama política de la banda terrorista cuyo lema se resume en Independencia y Socialismo, son de derechas? En ello insiste con encomiable tenacidad la derecha española, empeñada en calificarles, una y otra vez, de fascistas, obedeciendo fielmente las consignas de la ingeniería lingüística marxista que hace ya muchas décadas dio la orden de calificar de fascista todo lo que fuese reprobable, incluso lo proveniente de la izquierda, con lo que ésta consigue echar balones fuera y cargar en el contrario hasta los defectos propios (un reciente ejemplo de utilización exitosa de esta táctica es la unanimidad con la que, no sólo los partidos de izquierda, sino todos los medios de comunicación sin excepción explican la crisis birmana como la represión del pueblo a manos de "los militares" o "el régimen militar". Lo que nadie explica es que el régimen birmano, gobernado por una junta militar, es una dictadura socialista).

 

Por otro lado, no hay que olvidar que los etarras no son, al fin y al cabo, otra cosa que los herederos de los gudaris peneuvistas de 1936, compañeros de trinchera de la izquierda hasta los heroicos días de Santoña –aunque de eso es mejor no hablar–. No en vano Peces Barba, durante aquella famosa cena-homenaje a Carrillo a la que asistió también Ibarretxe, definió a los presentes como “los buenos” y reservó la categoría de “malos” a la eternamente perversa derecha.

 

Razones inmediatas de la actitud del gobierno socialista quizá puedan encontrarse en cálculos electoralistas, en pactos más o menos secretos con los nacionalistas o, incluso, en oscuras, improbables y por el momento indemostradas conspiraciones. 

 

Pero las razones profundas, las de más largo recorrido y mayor peso ideológico, son las arriba explicadas.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

 

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