Esencias cántabras

Ahora que el eminente administrativista Tomás Ramón Fernández, maestro de varias generaciones de juristas, ha osado cuestionar el Estado autonómico defendiendo herejías como la de reintegrar Cantabria en Castilla, quizá convenga recordar a los escandalizados guardianes de esencias que la distribución provincial es la que es del mismo modo que hubiera podido ser otra, pues provincias y regiones no responden a ninguna necesidad eterna.

 

Desde Isabel II se han diseñado varios mapas regionales que difieren notablemente del actual. Por ejemplo, y ciñéndonos al caso cántabro, el plan de 1847 incluía a Santander y Logroño en una región llamada Burgos. Efectivamente, también había una región llamada Cantabria, pero, ojo al dato, formada por las Provincias Vascongadas y Navarra. Treinta años más tarde, el proyecto republicano de 1873 establecía una organización distinta que incluía la anterior región de Burgos en Castilla la Vieja. Llegó otra década y con ella otra planta regional (1884), de nuevo con Santander en Castilla la Vieja. Pero no quedaron ahí las posibilidades, pues en el mapa regional pensado en 1891 se dibujó una Asturias triprovincial. Atención a las tres provincias: Oviedo, Gijón y Santander. Ninguna de estas reformas regionales llegó a implantarse debido a otras prioridades políticas y a vaivenes gubernamentales, con lo que la división provincial de 1833 llegó, sin superestructura regional, hasta 1978, salvo el breve y muy limitado paréntesis republicano.

 

Hoy las identidades regionales están tan asumidas como necesarias e inevitables que cualquier relativización es tomada por muchos como más grave que una ofensa a la dignidad de su madre. Pero la realidad es que si alguno de los modelos arriba mencionados hubiese pervivido hasta nuestros días, habría cuajado como única verdad. Verdad que también defenderían con inquisitorial ardor los defensores de la verdad actual. Así que quienes creen que las identidades regionales de hoy son las únicas posibles quizá debieran no congestionarse demasiado con ciertas cosas.

 

El Diario Montañés, 12 de marzo de 2013

 

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