La tierra de los mil nombres

La esquizofrenia vasca da para mucho. El carácter englobador y totalitario del abracadabra nacionalista tiene al menos la ventaja de que difícilmente se aburre uno con ello, tal es su variedad. Uno de los artificios más interesantes en el proceso de creación de la neovaskolandia sabiniana es el cómo denominar la patria virtual que surgió en la imaginación del fundador desconectada de sus raíces históricas y poblada por vasquitos de cromo bautizados a su vez con excitantes nombres que compensan su nula vasquidad con un indudable derroche de imaginación.

 

Euskeria y Euskaria fueron las primeras opciones que manejó Sabino, si bien no tardó en parir el Euzkadi por el que ganaría la inmortalidad. Su discípulo Manuel Eguileor escribiría sobre tan mágica palabra:

 

"¡Ahí tienes las palabras de Arana Goiri tar Sabin, el Maestro: palabras luminosas, profundas, taumatúrgicas, porque levantaron Euzkadi de su inconsciencia mortífera; creadoras de nueva vida nacional, al infundir en las entrañas de la raza más vieja de la tierra el anhelo novísimo de supervivencia y renovación; aquel anhelo que se condensa maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!".

 

Sobre tan disparatado término no llegaron a ponerse de acuerdo ni los nacionalistas, pues algunos de ellos, con bastante mayor criterio que Sabino, como Arturo Campión, denunciaron no sólo su absurdo etimológico, sino también su incomprensibilidad para un vascohablante y su superfluidad por existir el término Euskalerría.

 

Así es como llamaban a su tierra, en vascuence, los verdaderos vascohablantes, la mayoría de ellos carlistas o monárquicos alfonsinos. En las primeras décadas tras la invención de la mágica invocación fueron frecuentes los enfrentamientos, a veces violentos, entre los defensores del término tradicional, ajenos al campo nacionalista, y los peneuvistas, partidarios del neologismo sabiniano. Uno de los más eminentes lingüistas de la primera mitad del siglo XX, Resurrección María de Azkue, se enfrentó a menudo con los nacionalistas por esta cuestión. En el Congreso de Estudios Vascos de Oñate en 1918, durante una conferencia, utilizó la palabra Euskalerría para referirse a su tierra, lo que provocó el carraspeo entre los peneuvistas presentes entre el público. Volvió a pronunciarla varias veces más, causando crecientes protestas de los peneuvistas, protestas que incitaron al belicoso sacerdote carlista a alzar la voz y enfatizarla cada vez que tenía que decirla. El altercado que se organizó entre los asistentes fue mayúsculo, repartiéndose con generosidad insultos y bofetadas.

 

Curiosamente hoy los nacionalistas están volviendo al término tradicional que tanto combatieron hace sólo dos generaciones por ajeno a la ortodoxia sabiniana.

 

Otra modalidad de enfrentamiento por las palabras fueron las frecuentes peleas callejeras entre peneuvistas y socialistas, quienes, como relataría posteriormente su dirigente Ramón Rubial, ante los gritos de ¡Gora Euskadi! lanzábanse al ataque gritando ¡Viva España! 

 

En cuanto a la expresión País Vasco, también es reciente, pues se trata de un galicismo (Pays Basque) importado a la lengua española en los mismos años finales del siglo XIX.

 

Pero todos estos problemas terminológicos se hubiesen podido evitar simplemente utilizando los nombres en uso desde hace muchos siglos hasta que llegaron los nacionalistas, esos falsificadores de todo lo que tocan para poner el pasado, el presente y el futuro de los vascos patas arriba. Porque, como ya escribió Unamuno en un artículo de denuncia contra la "lengua artificial, de alambique y gabinete" que había inventado Sabino, los vascos siempre han llamado a su tierra Vasconia o Euskalerría, según se expresasen en español o en vascuence, y, sobre todo, Provincias Vascongadas, nombre con el que se han designado esas tres provincias desde hace muchos siglos. 

 

Las Provincias Vascongadas fueron así denominadas en las constituciones españolas del siglo XIX. Como representantes de las Provincias Vascongadas acudieron a las Cortes los parlamentarios que, a favor o en contra del mantenimiento de los fueros, participaron en los debates sobre aquella cuestión. Por vascongados se tenían y vascongados se llamaban los habitantes de las tres provincias, lo que quedó reflejado, entre otros mil, en los versos de Hartzenbusch sobre aquel discreto vascongado "vecino de Bilbao, que cogió, yo no sé dónde, un bacalao", como recitaban de memoria los escolares de aquellos antipedagógicos tiempos en los que también se aprendían las fábulas de Iriarte, las rimas de Bécquer, las bravuconadas del Tenorio y los piratescos versos de Espronceda. Testigos de ello fueron también, un siglo antes, las fábulas que Samaniego escribió para uso del Real Seminario Patriótico Vascongado, así como la fundación en 1765 de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, esa institución que, por cierto, tras más de un siglo de olvido y decaimiento, fuera resucitada en 1943...

 

Y así podría continuarse varios siglos a través de los escritos de tantos ilustres vascongados como Larramendi o Garibay hasta llegar a los tiempos en que los términos más utilizados eran los de vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos, pues por separado se organizaban y por separado se consideraban. Un hermoso ejemplo de ello se escribió en el siglo XIV, el relato de la batalla del Salado en la Crónica de Alfonso XI:

 

"Lioneses, asturianos, gallegos, portogaleses,

vizcaynos, guipuscoanos, e de la montaña e alaveses,

cada unos bien lidiauan que siempre será fasaña,

e la mejoría dauan al muy noble rey de España".

 

Curiosamente los nacionalistas, esos autoproclamados defensores de la historia, la tradición y la identidad de los vascos, sienten horror, cual vampiro ante agua bendita, a pronunciar con sus labios las palabras con las que los vascos se identificaron a sí mismos durante siglos. Porque, por algún inexplicable motivo en estos inexplicables tiempos de nuestra inexplicable España, son muchos los que están convencidos de que se las inventó Franco.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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