British Gibraltar

Lo que en el 2013 seguimos sin aceptar es que sobre Gibraltar ondea la Union Jack porque en 1704 se perdió por la fuerza de las armas lo que durante los tres siglos siguientes España no fue capaz de recuperar por la fuerza de las armas, esa suprema fuente del derecho. A punto estuvo de hacerlo a finales del XVIII la generación de los Mazarredo, Churruca y Barceló (“Si el rey de España tuviera / cuatro como Barceló, / Gibraltar sería de España, / que de los ingleses no”), y más fácil aún habría sido si en Trafalgar la flota francoespañola se hubiera lanzado al ataque en vez de esperar el del audaz Nelson. Quien no aventura no ha ventura.

 

Desde entonces a España no le ha quedado más remedio que admitir su incapacidad militar para recuperarlo. Y de nada valen los argumentos morales sobre la perfidia de los ingleses quedándose con un enclave que habían tomado en nombre de uno de los pretendientes al trono español. Los ingleses, como los franceses y los holandeses, no luchaban en esa guerra para defender los intereses de ningún rey español, sino los suyos. Y, constantes y pugnaces, se quedaron con la llave del Mediterráneo que tanto ansiaban. Y si España tuvo que tragarse el Tratado de Utrecht, fue porque no pudo imponerse a cañonazos. De poco valen los argumentos jurídicos sobre las continuas violaciones de dicho tratado: el hecho es que los ingleses seguirán allí mientras los gibraltareños quieran. Es decir, para siempre, lo que es bastante comprensible. Además, ¿por qué tanta queja entre dos países amigos, socios en la UE y aliados en la OTAN? ¿De verdad el enemigo exterior de la España del siglo XXI es Gran Bretaña? Si es así, ¿por qué esas alianzas? ¿Y acaso nos vamos a enfrentar a la Royal Navy? ¿Con qué barcos? ¿Con qué soldados? ¿Con qué moral? 

 

“Habla suave y blande un buen garrote” fue el lema diplomático de Theodore Roosevelt que tan buenos resultados le dio. Exactamente lo opuesto a lo que ha hecho España durante tres siglos: gritar mucho y blandir poco. Como en 1898.

 

El Diario Montañés, 27 de agosto de 2013

 

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