El inevitable envenenamiento

La reserva de la biosfera de Yasuní, en la jungla ecuatoriana, no se salvará de la quema. Dada la falta de ayuda financiera internacional que compense los ingresos dejados de percibir por no extraer los mil millones de barriles que esconde su subsuelo, al presidente Correa no le ha quedado más remedio que lamentar que “no me gusta el petróleo, pero menos me gusta la pobreza”.

 

La eterna decisión: o crecimiento o conservación. Por eso sucumbió Alaska, está sucumbiendo el resto de la Amazonia y sucumbirá el Ártico o cualquier nueva frontera que se abra a la avaricia humana. Y por eso, a pesar de la voluntad de algún gobernante bienintencionado al que no le quedará más remedio que doblar la cerviz ante los que mandan, los cántabros tendremos que irnos acostumbrando a llorar por las cumbres de nuestras montañas violadas por gigantes de acero para producir corriente para nuestros aparatitos eléctricos y sus aguas interiores envenenadas para obtener algo que seguir quemando en nuestras calefacciones.

 

Es inevitable. Que levanten el dedo los que estén dispuestos a prescindir de lo que, por inercia, se considera imprescindible: cambiar de coche cada poco, utilizarlo diariamente para cualquier trayecto que podría hacerse caminando, volar en avión al otro extremo del mundo cada vez que hay cuatro días libres, tener tres televisores y mil aparatos electrónicos recién llegados pero ya supuestamente necesarios para sobrevivir sin frustración y mil manifestaciones más de una Humanidad neurótica entrada de lleno en la fase de la autodestrucción. Según los últimos cálculos, solamente con que China alcanzase la cantidad de automóviles per cápita de los países occidentales, las existencias mundiales de petróleo durarían menos de cinco años.

 

Entre la superpoblación y el hecho de que en nuestra época la clave del éxito se cifre en la capacidad de consumo, el ecocidio está garantizado. La siguiente generación, suponiendo que sea capaz de desenchufarse y arrancar a pensar, nos maldecirá.

 

El Diario Montañés, 20 de agosto de 2013

 

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