Los vicios de hoy son las costumbres de mañana

Parece mentira que esto lo escribiese Séneca hace dos mil años. Pero no me malinterprete, moralista lector, pues no es mi intención meterme en resbaladizos terrenos sexuales. El objeto de mis meditaciones es muy otro. ¿Se acuerda usted del bueno de Austrasigildo, el alcalde de Rebollar de la Mata que tomó vida en 1981 gracias a la pluma de Vizcaíno Casas? Empeñado en realizar su propia construcción nacional, no paró hasta ver convertido su valle en Comunidad Autónoma, para lo cual incluso parió una nueva lengua, el farfullo, al elevar a rango de norma su defectuosa vocalización a causa de un esguince de frenillo (el de la lengua). Pues bien: ¿hace falta recordar que el chiste de 1981 se ha visto superado por la realidad veinticinco años después?

 

Por todas partes nacen abracadabrantes farfullos que hubieran dejado a los de Babel estupefactos. Se empezó, obviamente, por la lengua pompeufabrense, ésa que encarna "una visión catalana del mundo", seguida de cerca por el eusqueranto, ese producto sintético que aunque tenga exactamente 38 años es proclamada "la lengua milenaria de nuestro pueblo". Y tras su estela desfilan todas las demás: el neogallego alusitanado, las fablas aragonesas, el llionés o lleunés o como se diga, el asturianu, el cántabru, el extremeñu y el andalú. Disculpen los picajosos si olvidé la suya.

 

Luego están las selecciones deportivas regionales, que tanta vidilla cogen en Navidad. Pasma ver cómo algo que hace veinte años provocaba carcajadas hoy es tomado con toda seriedad por tantos miles de personas. El arquetipo de esta desasosegante sublimación de la frivolidad quizá sea el Asturias, patria querida, la entrañable y preciosa canción que desde siempre los españoles de todas las regiones hemos cantado al calor de la amistad y el vino, y que hoy es entonada en cada partido de la selección asturiana con una solemnidad propia de la oración por los caídos. Por no hablar de la selección catalana –tan ansiada por quienes quieren verla ya actuando de embajada volante–, cada uno de cuyos partidos se convierte desde las gradas casi en una declaración de guerra contra España.

 

Y, en general, está todo lo relativo a las Comunidades Autónomas, esas entidades que son como son del mismo modo que podrían haber sido de un modo bien distinto o incluso no haber sido, y que hoy son consideradas –sobre todo por los jóvenes que han salido de las aulas creyendo que el mundo comenzó el día en que ellos nacieron– como algo inmutable, eterno, que estaba allí esperando, frustrado y olvidado, hasta que llegó el Estado de las Autonomías para hacerlo vivir. Y si hoy se le ocurriese a alguien cuestionar, criticar o relativizar las supuestas esencias identitarias encarnadas en cada comunidad autónoma, se encontrará con la animosidad de miles de paisanos más ofendidos que si les hubieran puesto en duda la honra de su madre.

 

Cuando alguno hace veinte años se atrevió a denunciar el naciente carnaval autonómico y las consecuencias que presumiblemente de él habrían de surgir con el paso de los años, se le mandó callar con destemplanza y desprecio acusándole de catastrofista, inmovilista y enemigo de las libertades. Eso, tirando por lo bajo. Exactamente igual que ahora con quien ose sugerir algo similar sobre el nuevo frenesí estatutario.

 

Parece que los españoles están condenados a taparse voluntariamente las orejas cuando se les advierte de que están cometiendo un disparate y a darse cuenta veinte años después, cuando el mal ya no tiene remedio, de que quien le avisó tenía razón.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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