Inglaterra contra Escocia

–¡Ésa no es una silla! ¡Es la silla de san Eduardo, en la que han sido coronados todos los reyes de Inglaterra! ¡Y ésa es la Piedra de Scone!

 

Los cinéfilos recordarán, sin duda, a un airado Jorge VI, el rey tartamudo, exigiendo a su insolente logopeda que levantara su plebeyo organismo del trono destinado a acoger exclusivamente posaderas regias. Efectivamente, bajo su asiento se encuentra la Piedra de Scone o del Destino, singular pedrusco que, según la tradición, sirvió de almohada a Jacob y de asiento de coronación de los reyes escoceses desde que Kenneth MacAlpin fundara el reino de Escocia a mediados del siglo IX. Cuatro siglos después, Eduardo I llevaría victorioso la piedra a Londres, donde ha servido para idénticos menesteres coronatorios de los monarcas ingleses hasta nuestros días.

 

Seguro que los cinéfilos recuerdan también a este Eduardo I Piernas Largas, el malo de Braveheart, la película que hizo famoso en todo el mundo a William Wallace. Además de con el mencionado apodo, aquel rey ha pasado a la historia, según recoge la incripción de su tumba, como Malleus Scotorum, Martillo de Escoceses, por motivos que no hará falta explicar.

 

Pero, a pesar de todos los intentos ingleses por conquistar Escocia, el reino fundado por Kenneth I perduraría ocho siglos e incluso sobreviviría al hecho de que en 1603, en la cabeza de Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, coincidieran ambas coronas. Pues, debido a los recelos tanto del parlamento de Londres como del de Edimburgo, que temía ver su tierra convertida en “una provincia conquistada y servil”, el reino de Escocia sobreviviría todavía un siglo más, hasta que en 1706 ambos parlamentos acordaron crear el Reino Unido de la Gran Bretaña mediante el Treaty of Union. De este rey Jacobo baste recordar que, en su afán por desgaelizar Escocia, consideró esencial “el establecimiento universal de la lengua inglesa y la abolición de la escocesa” y ordenó la colonización de las Hébridas con la expresa indicación de no proceder por acuerdo con los locales, sino “mediante su extirpación”, para lo que no había que ahorrar “masacres, mutilaciones e incendios”.

 

En 1746 llegó la crucial batalla de Culloden, tras la que muchos miles de paisanos de las Highlands fueron deportados, esclavizados en las colonias o directamente masacrados. También se prohibió durante casi medio siglo, bajo pena de prisión y destierro, la posesión de armas y gaitas y la indumentaria tradicional de los highlanders, el kilt y el tartán. Treinta años después, el egregio escritor Samuel Johnson celebraría que los ingleses hubiesen educado a los escoceses, al igual que lo harían “en su momento con todas las naciones bárbaras, como los cheroquis y, finalmente, con los orangutanes”. Así describió Johnson el resultado de la política aplicada sobre los vencidos:

 

“Probablemente nunca se haya producido un cambio de costumbres nacionales tan rápido, grande y general como el que ha tenido lugar en las Highlands escocesas a consecuencia de la última conquista y las leyes subsiguientes (…) De lo que poseían antes de la conquista de su país sólo les queda su lengua y su pobreza. A su lengua se la ataca por todas partes. Se construyen escuelas en las que se enseña sólo en inglés, y ha habido recientemente quienes han considerado razonable negarles una versión de las sagradas escrituras para que no tengan ningún monumento literario en su lengua materna”.

 

Efectivamente, Johnson calificó a la lengua gaélica escocesa como “el habla grosera de gentes bárbaras que tenían pocos pensamientos que expresar y que estaban contentas, pues pensaban zafiamente, de que se las entendiera zafiamente”.

 

Pero lo más interesante estaba todavía por llegar, pues en el siglo largo que va desde Culloden hasta la década de 1860 se llevaron a cabo continuas deportaciones de los highlanders con el doble fin de destruir la cultura gaélica y de allanar el camino para la explotación capitalista de la tierra sustituyendo aparceros por ovejas, cuando no por ciervos, perdices y conejos para pasatiempo de los terratenientes. No hubo escrúpulos: se les echó de sus hogares a golpes y se incendiaron casas y cosechas casi sin dar tiempo a abandonarlas, lo que provocó la muerte de muchos por hambre y frío. Tantos cientos de miles tuvieron que emigrar a Norteamérica y Australia que hoy hay allí más descendientes de highlanders que en Escocia.

 

Además, en 1846 se abatió sobre Escocia e Irlanda la plaga de la patata, que provocó millones de muertos y emigrados entre ese año y 1857. El gobierno londinense decidió no intervenir, considerándolo una oportunidad para librarse de súbditos incómodos. El Secretario del Tesoro, Sir Charles Trevelyan, definió aquella hambruna como “una sabia y bondadosa decisión de la Providencia” y “un eficaz mecanismo de reducción del exceso de población”.

 

Por si fuera poco, en la Inglaterra de aquellos días comenzaba a dominar la opinión de que la raza anglosajona era superior a la céltica, lo que llevó a escribir al mencionado Trevelyan que se hacía necesario un esfuerzo nacional para “deshacerse de los celtas irlandeses y escoceses supervivientes”. Su éxodo permitiría el asentamiento de pueblos racialmente superiores de estirpe teutónica, en concreto alemanes, “menos extraños a nosotros que los celtas irlandeses o escoceses”.

 

En fin, igual que en Cataluña. No es extraño que, ante trayectorias históricas tan similares, los separatistas catalanes gusten tanto de mirarse en el espejo escocés.

 

¡El día en que lo hagan con los ojos abiertos…!

 

El Diario Montañés, 18 de septiembre de 2014

 

Versión de este artículo en inglés

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