La Gran Guerra Patriótica

En esta curiosa irrealidad nacional nuestra suceden muchos fenómenos paranormales (o para anormales). Por un lado, llevamos décadas asistiendo a la perpetua agitación nacionalista de naciones inexistentes en el tiempo y en el espacio –o existentes tan solo en las calenturientas cabezas de quienes se las inventaron y las pretenden forjar a golpe de mentira y alucinación–. Y, por el otro, tenemos a quienes, debiendo defender la existencia de una nación tan evidente como la española, renuncian a ello por haber sido convencidos de que es indefendible y de que las únicas naciones respetables son aquéllas, las de cartón piedra. 

 

Y así nos encontramos con interminables verborreas –depuradas muestras de lo que Orwell denominó duckspeak (patohablar), es decir, hablar como patos para acabar no diciendo nada– sobre patriotismos que se esconden a sí mismos; sobre pecaminosas patrias que han de ser sustituidas por un texto legal; sobre desacralizaciones de las identidades (de las propias, claro, pues ya se encargan los separatistas de sacralizar las suyas); sobre vacuidades tan depuradas como ésa de que no hay más patria que la Humanidad; o sobre la inexistencia de las naciones, como declama todo tipo de pedantes con gesto de creerse virilmente transgresores. 

 

Los nacionalistas siguen ganando terreno, ante lo cual quienes pretenden oponerse a ellos siguen cayendo, una vez tras otra, en el mismo error que ha conducido a la situación actual. Y cada vez que recaen en ello, se convencen de que están reaccionando adecuadamente, de que están, por fin, actuando en el sentido correcto. 

 

Frente a una patria, por falsificada que sea, sigue oponiéndose tan solo el vacío, la gélida apelación a ciudadanías abstractas, a espacios de derechos. No nos extrañe después que tantos miles de ciudadanos engañados por la ingeniería ideológica separatista prefieran un terreno en el que pisar, unas raíces en las que identificarse y acomodarse, un vínculo palpable, familiar y afectivo con unos ancestros, una tierra y un pasado que los acoge y los explica. 

 

Tan sencillo es todo esto como para que lo comprendieran hasta los más acérrimos campeones del internacionalismo: los bolcheviques. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética en 1941, los dirigentes soviéticos comprendieron instantáneamente que el pueblo ruso no se sacrificaría por el marxismo-leninismo ni por la dictadura del proletariado. Su propaganda cambió radicalmente. Había que apelar a la Patria. Figuras tan reaccionarias como Alexander Nevsky –el vencedor de los caballeros teutónicos en el siglo XIII–, Pedro el Grande o los mariscales Suvorov y Kutuzov –vencedores de Napoleón en 1812–, fueron resucitadas como ejemplos a seguir. La película que sobre el primero había realizado Sergei Eisenstein tres años antes, con la valiosa aportación musical de Prokofiev, fue expuesta hasta en el último teatro de la URSS por orden directa de Stalin para adoctrinar y emocionar al pueblo ruso en aquellos días en los que se necesitaba de su entrega para ganar una guerra que había comenzado con muy mal pie. 

 

No sólo eso, sino que hasta fue bautizada oficialmente como la Gran Guerra Patriótica, nombre con el que hoy, sesenta años después, sigue denominándose en Rusia lo que en el resto del mundo se llama Segunda Guerra Mundial. 

 

Pero nuestros antinacionalistas, carentes de la menor perspectiva histórica, siguen empeñados en su reivindicación del desarraigo. Y, mientras tanto, nuestros separatistas se frotan las manos, seguros de una pronta victoria en su Gran Guerra Patriótica.

 

Artículo publicado durante la primera legislatura zapateriana, entre 2004 y 2008, e incluido en España desquiciada

 

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